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miércoles, 27 de julio de 2011

A mi manera




Por Claudio Andrade

Nada sería como es de no mediar Tony Manero.
Tony, aquel tipo estrambótico, hiperreallista, sobreactuado, as del baile que conmovió a una generación con sus acrobáticos movimientos de pelvis en “Fiebre de sábado por la noche”.
Siempre estaremos agradecidos a John Travolta por haberle dado vida a Tony.
Travolta no es un gran actor y para colmo su carrera quedó por décadas atada a la figura de Tony, hasta que un día llegó Quentin Tarantino y lo salvó de su exilio.
En el filme, Travolta alcanza picos de calidad actoral que sólo volveríamos a observar justamente en “Pulp Fiction”.
Travolta no sólo hace caritas, también se muestra expansivo, auténtico y, encima de ese cóctel actoral, baila de un modo espléndido.
Son los 70 y Manero aguarda con desesperación a que llegue el sábado para convertirse en otro. En quien realmente él es: un bailarín de talento. En el medio hay muchas cosas, algunas divertidas y otras patéticas (su vida sexual, por ejemplo).
Pero lo que cuenta y lo que vale, es el sobresaliente retrato generacional protagonizado por Travolta. El mundo agitado y visceral de aquella época.
El guión está basado en un artículo publicado tiempo antes en la revista “New Work Magazine”. Aun se puede leer acá.




jueves, 9 de junio de 2011

Eterna juventud

Michael J. Fox siempre será el novio ideal para la nena.
Un querubín. Un tipo copado. Un pibe de lo más decente. Educado. Con impecable futuro  de marido.
Su simpatía está envuelta en cierta estética rebelde que nunca llega a manifestarse o a transformarse en verdadera y peligrosa rebeldía. Fox no es un contreras. Es más bien una figura de su tiempo, perfecta y entretenida. Un capta audiencias.
Lo recordamos más por su imagen pura, jovial, antes que por sus habilidades actorales. Hizo buenas y grandes películas pero en ellas Michael J. Fox sólo necesitaba continuar siendo Michael J. Fox. Prolongar la persona en el personaje.
La aparición de su enfermedad lo ubicó en una triste paradoja. El chico inquieto, eléctrico y movedizo ahora era víctima de una actividad perpetua e indomable, entre otros males devenidos del Parkinson.



Tiene el privilegio de haber forjado al menos un poster que alguna vez las chicas colgaron en sus piezas: el de “Volver al futuro”. Lo mejor y lo más exitoso de Michael J. Fox se dan la mano en esta película. Fox el adolescente super pilas debe sobrevivir a la irrupción en su propio pasado.
En este filme, Michael J. Fox, en una de las escenas que quedarán grabadas en los libros de historia del cine, se aferra a una guitarra eléctrica en pleno baile colegial y les da a esa troup de tontolines una lección de rock and roll, “paso del pato” de Chuck Berry, incluido.
Brillante. Descomunal. Memorable. Y, sin duda, para matarse de la risa.

Hoy MJ Fox está cumpliendo 50 años. Y la sigue luchando. Por eso Michael, ¡¡muy feliz cumpleaños!!.




jueves, 21 de abril de 2011

Los ángeles de Charlie (Sheen)



Por Claudio Andrade

Como Robert Downey Jr lo hizo alguna vez, Charlie Sheen anda de paseo por el infierno. La diferencia quizás radique en que Charlie, el bueno de Charlie, aun no ha pedido ayuda a los gritos (no suele reconocer sus “problemitas”) ni ha terminado tras las rejas por meses y más meses en una cárcel cualquiera debido a un comportamiento peligroso para él y los demás, según probablemente argumente un futuro dictamen de algún juez de Los Angeles (aunque todo esto es hipotético). Charlie todavía es un chico que busca acción. Y la encuentra. Obvio, ya no es un chico y las cosas que se hacían cuando uno era efectivamente chico pues ahora de adulto resultan un tanto, como decirlo, patéticas.
Sheen no es un gran actor aunque ha participado en un par de memorables películas de los 80 como “Pelotón” y “Wall Street”. En ambas tuvo papeles a la medida de su talento. Es decir, fue tan lejos como pudo y eso fue suficiente. Luego, lo mejor que protagonizó fueron algunas comedias en las que se parodió a sí mismo. Y llegaron las series, primero reemplazando a Michael J. Fox (otro ídolo de la década de los 80) en “Spin City” y, años después, “Two and a Half Men”.
Sus ingresos y salidas de rehabilitación, sus escandalosas declaraciones aparentemente en estado de ebriedad en contra de medio planeta, sus... sus.... sus, en fin, su enorme fastuosa pasada de rosca, lo ubicó justo donde se encuentra: abajo (pero aun millonario). Siendo como son las cosas en este mundo, Sheen tal vez siga el derrotero de Jr o de Mickey Rourke y regrese al sitial que dejó vacío cuando sus narices comenzaron a aspirar algo más que perfumes caros. Te esperamos Charlie, sos un campeón. Or sort of.


martes, 29 de marzo de 2011

Bienvenido Mickey, bienvenido

Por Claudio Andrade

Un perrito. Un pequeño, nervioso y ojeroso perrito era todo lo que le quedaba en la vida a Mickey Rourke justo antes de tocar fondo como actor, como ser humano.
Antes de eso, muchas cosas. Demasiadas.



Alguna vez “The New York Times” (que ha dejado de ser gratis en internet por estas horas, dicho sea de paso) calificó a Mickey Rourke como el heredero natural de Marlon Brando. Si, a ver, eh, si, escucharon bien: hubo un tiempo en que Rourke podía ser comparado con el más grande actor de todos. Hoy ese tipo de comparaciones, de apuestas, recaen sobre gente como Leonardo DiCaprio o Edward Norton. En fin, otras biografías.
El elogio del gran diario americano fue poco después de que Rourke paseara su atribulada estampa shakespereana a lo largo y ancho de “La ley de la calle”, la sobresaliente, espléndida y profunda película de Francis Ford Coppola (la que más le gusta a su hija, Sofía, dicho sea de paso, again).




Luego vino “9 semanas y media” y un puñado de películas totalmente dispares. “Francesco”, “Orquidea salvaje” (oh, my God!!!!!!), “Corazón Satánico” y otras. Curioso o no, Mickey Rourke dejó una huella indeleble en cada una. Su capacidad actoral no lo abandonó ni siquiera en sus momentos más tétricos.
Entre medio y después, soportamos su regreso al boxeo. Le sobraron, como apuntes que jamás debieron escribirse al pie de su historia personal, las noches eternas, el gasto excesivo y su rechazo o indiferencia hacia producciones que podrían haberlo redimido, como “Nacido para matar” y “Tiempo violentos” (demasiado ebrio o demasiado molesto para levantar el teléfono y aceptar ambas propuestas) y la soledad. La enorme, voluptuosa, dramática soledad del dios caído.
En Hollywood ya nadie lo quería. En Hollywood un día se olvidaron de él.
Mickey Rourke, grueso como un boxeador peso mediano, marcado a fuego por las cirugías plásticas, sin un centavo en el bolsillo y agotado de sí mismo y de un personaje que devoró a su persona volvió a sus orígenes: Miami. Los barrios humildes de la ciudad de los colores pastel.




Mickey Rourke se instaló allí en un pequeño departamentito con su aun más pequeño perrito salchicha. Justos aguantaron el temporal. El perro mirando al cielo y Rourke castigándose en el gimnasio de un amigo donde podía entrenar gratis juntos a otras viejas glorias del boxeo. Quienes lo conocieron entonces contaban que el tipo estaba muy pero muy triste.
Su viaje al infierno fue un viaje de ida y vuelta. El personaje recuperó su esencia, a su horror, Rourke, le sacó partido y poco a poco comenzó a ganar terreno en la industria que lo observaba con reticencia.
No ganó el Oscar con “El Luchador” pero recibió una calurosa bienvenida de parte de otro rebelde: Sean Penn. “Bienvenido de regreso a casa”, le dijo. Y Rourke agradeció el gesto de su amigo.
Bienvenido Mickey, bienvenido.


miércoles, 4 de agosto de 2010

El pasado de un actor valiente

Kevin Bacon es uno de esos buenos actores atados a su pasado.
Tal como lo ha hecho en los últimos 20 años, en el futuro continuará interpretando complejos personajes en sobresalientes películas, pero su figura siempre estará ligada a Ren McCormack, ese chico romántico y un poco histérico que da vida a “Footlose”, uno de los filmes más emblemáticos de los '80.
A veces uno parece sentir que toda la existencia de Bacon post- “Footloose” ha sido un enorme esfuerzo por tratar de borrar del imaginario colectivo a Ren, sus bailes y toda la tropa que lo acompañaba en esos graneros de una pequeña comunidad de Oklahoma.
La cinematografía de Bacon es la representación artística de su valentía como actor y como persona. No ha querido el actor dejar ningún desafío en carpeta. Bacon ya fue, en la ficción, un abogado militar engreído, un homosexual dueño de peligrosos secretos, un violador de niñas, un durísimo policía, un secuestrador desquiciado, un joven adulto atormentado por un espíritu, un antihéroe invisible y tantos otros tipos difíciles más. Tantos filmes protagonizó Bacon que un famoso juego de distancias entre personas (bajo la idea de que el mundo es un pañuelo) se basa en su vida en la pantalla.
Su mirada, aunque no es cristalina, tiene el signo de lo verdadero. Su voz, extraña, como cruzada por un cable de alta tensión, quebrada al punto del llanto, empuja y culmina brillantes actuaciones.
Su tormento se transforma en el nuestro. Su felicidad, su timidez y su furia, se vuelven objetos palpables. No hay mayor prueba de su virtud.
Sin embargo, sin importar que tan aterrador sea el océano que reflejan sus ojos, que tan tierna suenen sus palabras en el aire, Kevin Bacon siempre conservará un poco del alma salvaje de Ren.
En un sitio de su corazón, el pibe todavía baila solo.

Aquí una divertida entrevista, publicada hace unos años, con Ian Tucker de “The Guardian”. Y también el juego llamado: Six Degrees of Kevin Bacon.