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jueves, 26 de diciembre de 2013

Qué 26 años no es nada...

“Yo no soy moderno. Yo soy yo, ¿me entendés?”
Eterno como todo mito, Luca Prodan no ha muerto. Su esencia permanecerá entre nosotros en la medida en que alimentemos la nostalgia de sus canciones.
La figura de Luca es hoy la reconstrucción colectiva de todos aquellos que lo conocieron a través de su música.
El líder de Sumo murió un 22 de diciembre de 1987 en Buenos Aires.
Había llegado al país en 1981 en un viaje urgente, un manotazo de ahogado de quien ya siente el amargo sabor del final en los labios.
Luca no vino a hacer música a la Argentina. A pesar de sus demonios, y no gracias a ellos, fue que encontró tierra fértil para sus apetitos de artista.
Por esas cosas del talento y el caos, Sumo se convirtió en un éxito con raros precedentes dentro de la historia del rock nacional. Aunque Prodan nunca llegó a considerarse a sí mismo una estrella del rock vernáculo. La sola idea de darle forma al “rock nacional”, como concepto estético, le parecía risible e imposible. El rock es en inglés, aseguraba.
Entonces Sumo era, al menos al principio, una banda de argentinos, italianos e ingleses que a la hora de tocar hablaban el idioma de Muddy Waters, los Sex Pistols y los Rolling Stones.
 



Luca fue una persona entrañable. La respuesta solidaria de quienes lo conocieron, en distintos momentos de su vida y en distinto grado, prueba su capacidad para acercarse al otro. Por amor o hastío, Luca lograba hacerse notar.
Un conocido de la familia de sangre azul le compró el pasaje a Buenos Aires. Una vez en la Argentina Timmy McKern lo recibió en su casa de las Sierras de Córdoba. De a poco Luca recobró fuerzas y comenzó a cantar y a componer, dos cosas que en verdad lo definían como ser humano. El resto es historia.
Parece increíble que alguien –un artista o un ingeniero, da igual– pueda dejar una huella tan profunda en la cultura de un país en tan escaso tiempo.
La potencia, la sensibilidad y inteligencia de su música se proyectaron, en adición, en la construcción del mito. Aunque Luca siempre demostró ser bastante preciso en cuanto a los datos de su biografía, su camino resultaba increíble, quizás demasiado para los estándares locales de la juventud de la época. Pero era cierto.
La familia de Luca tenía una excelente posición económica en Italia, estudió en el prestigioso colegio Gordonstoun, del que se escapó para espanto de los suyos, fue parte de la movida rock punk londinense y llevaba el genio de la música en la sangre. De haber sobrevivido a su dolor, cosa que hoy en perspectiva parece muy improbable, Luca Prodan tal vez se habría marchado un día de la Argentina, a otro continente, y también allí sus nuevos huéspedes hubieran dudado de la veracidad de sus recuerdos.
La fractura original que sin demora lo condujo hacia la heroína y más tarde al alcohol nunca podrá ser del todo comprendida. Las interpretaciones más sutiles, más delicadas, quedaron, quedarán para su padres, Mario Prodan y Cecilia Pollock, y sus hermanos, Michela, Claudia y Andrea. Para una mente brillante como la suya todo era posible y así ocurrió. Pero, por encima y por debajo de la herida, Luca era música en esencia. Se lo escucha cantar en los viejos registros en Super 8 que andan dando vueltas en youtube, en los tracks de “Corpiños a la madrugada”, entre otros discos rescatados, en los cassettes que enviaba a sus familiares a modo de cartas. Improvisaba al piano, jugaba con la sonoridad de las palabras, hacía coros en las conversaciones de la tarde, susurraba melodías, reía canciones. En el muy buen documental de Rodrigo Espina, “Luca”, hay bastante material para deleitarse sobre este punto.
Como presintiendo que su vida iba a ser corta, Luca compuso mucho y sin pausa. De la mano de sus canciones, como de ciertos libros, nosotros también vamos hacia nuestro propio destino. 




lunes, 6 de junio de 2011

Antes de la leyenda



El 22 de diciembre de 1987 encontraron muerto a Luca Prodan en la casa de una amiga, en Buenos Aires. Tenía apenas 34 años pero su figura parecía sintetizar siglos de historia.
Los integrantes de Sumo se lo veían venir desde hacía unos meses, según el relato de Roberto Pettinatto.
Prodan estaba llamado a seguir la voz macabra y seductora del exceso. Como Jim Morrison. Como Elvis. Como Cobain.
A esa edad su cirrosis ya representaba un cuadro de salud irreversible debido al alcoholismo.
Se fue de un paro. Como un guerrero mal herido. Como un buscador animoso pero cansado.
Había llegado a la Argentina en 1981 escapando, según propias palabras citadas en muchas ocasiones, de la heroína. En la Vieja Europa había material de sobra para un adicto como él pero la Argentina parecía tan pero tan lejos de ciertas drogas. Otros eran los males.
Su idea original era instalarse en algún lugar tranquilo y comprar vacas con el dinero que tenía encima. Por años se especuló con que la familia de Luca poseía fortuna.
Sin embargo, el dinero que el músico llevaba en sus bolsillos fue utilizado en propósitos aun más trascendentales y exóticos que el negocio agropecuario.
El y un puñado de amigos cambiaron el campo por Buenos Aires, compraron un montón de equipos e instrumentos y formaron una banda de rock y otra de reggae.
(continuará)...


miércoles, 25 de mayo de 2011

True Story (o mas o menos)


Me la contó un periodista en la redacción de un diario porteño. Fue hace tantos años que en el intento por recuperarla tal vez fabule un poco.
Pero el tipo sabía de lo que hablaba y había estado durante un tiempo muy cerca de Luca Prodán.
Primer acto: Obras Sanitarias.
Mi colega vio uno de los mejores y más convocantes recitales de Sumo. Fue en Obras y de algún modo significó la consagración del grupo y de la figura de Luca.
Lleno total. Gruppies. Fanáticos. Locura. Delirio. Sagrada fiesta del rock. En el medio de la tormenta, a su pesar, Luca, ese italiano que había pasado por algunas de las mejores escuelas europeas y que ahora huía de la heroína en el sur del mundo, Argentina. Pero, como es de suponer, no podía correr tanto como para alejarse sí mismo.
Mi colega presenció el recital y una frase vino a su mente: “ya está, Luca es una estrella”.
Al día siguiente se lo cruzó en aquella plaza ubicada en las calles Paraguay y Callao, a 50 metros de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad del Salvador. Justo ahí, cuenta el mito, Luca cazaba sus palomas que luego cocinaba para sus amigos músicos.
Luca descansaba, según lo que puedo recordar del relato, en los escalones de la facultad o bien dormía en uno de los bancos de la plaza. No lo puedo jurar ahora. Pero dormía o dormitaba. Iba vestido como siempre, sin mayores lujos. Llevaba anteojos. Saco largo. Pasaba de todo. De todos.
Ayer una entrella hoy casi un linyera.
La frase se le vino abajo al periodista. La estrella había retornado a su curso natural: una fuerza que la conducía hacia los interiores del universo oscuro.