jueves, 21 de octubre de 2010

Una historieta a la parisién

Por Pablo Nori

Dicen que la biblioteca personal es el reflejo del dueño. Que hurgando en ella se puede escrutar la personalidad y las vivencias de quien la armó. La mía, detrás de un aparente caos temático, esconde capítulos de mi vida. Algunos que recuerdo con profundo cariño y otros con tristeza absoluta. Pero sin duda hay un rincón que merece mi atención permanente, que me transporta a aquellos años imborrables en que, a mitad de camino entre los últimos años de la primaria y el ingreso a la secundaria no encajábamos en ningún lado. Casi niños, casi hombrecitos, casi nabos, vagábamos por las veredas de un Roca que ya no existe. A esta época decía, corresponde mi querida colección de Asterix.
La saga relata las aventuras de dos galos – uno enano y muy inteligente y otro obeso e ingenuo – ambos de fuerza sobrehumana, en lucha permanente contra el Imperio Romano en tiempos de la ocupación de la Galia. Guionada por René Goscinny- en Francia considerado un héroe nacional- y dibujada por Uderzo, es a esta altura una obra de arte desde los detalles exquisitos de sus dibujos hasta la calidad de su texto y sus juegos de palabras, aún considerando que puede haber perdido algo de chispa a partir de su traducción del francés.



No sólo está construida como novela histórica con algunas fechas, lugares y personajes de la historia universal, sino que aporta un toque costumbrista al reflejar los diferentes arquetipos nacionales. Están los flemáticos británicos, los inescrutables corsos, los alegres hispanos y junto a ellos los galos, haciendo de la amistad y la joda un culto. Se muestra también la organización militar y administrativa romana junto a la corruptela de la clase patricia y los senadores. 
Por los vaivenes de la economía argentina, a principio de los '80 eran carísimos y difíciles de conseguir. Inclusive la producción abarcó muchos años y algunos títulos fueron publicados luego de fallecer el guionista y en su homenaje. Pero en definitiva aunque están desvencijados, leídos y vueltos a releer y que algún alma indigna jamás me devolvió los que le presté, todavía recurro a ellos cuando quiero reencontrarme con Asterix, Obelix, Panoramix, Abraracurcix y el insoportable Asuranceturix. Y también desde aquella época, y siguiendo la lógica impecable de Obelix, recorro la vida con una convicción: ¡ estos romanos están majaretas!.


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